«¿Cambiaría yo mi alma por el mundo?»

Por Phillip Gray

Al comenzar, leeré Mateo 16:24-26: «Entonces Jesús dijo a sus discípulos: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?» Estimado oyente, en el contexto de este pasaje, Cristo estaba con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo. Allí, predijo su crucifixión y reprochó a Pedro por haberse opuesto a la idea de este acontecimiento. Luego, hablaba del precio de ser discípulo de Cristo. Cristo nos pregunta en Mateo 16:26, «Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?» La pregunta de Cristo implica que, número uno, el hombre que lucha por ganar el mundo perderá ambos el mundo y su alma, y número dos, no hay nada de más valor que el alma. Nosotros demostramos gran cuidado por las cosas materiales, tales como nuestras casas, nuestro dinero, y nuestros terrenos. Además, si un vecino está en peligro por un encendio en su casa, arriesgamos nuestras propias vidas para rescatarlo. Pero, a veces no demostramos ningún cuidado por las cosas espirituales. Si el alma de mi vecino está en peligro, ¿qué hago yo? Si mi propia alma está en peligro, ¿que hago? Podemos decir que Cristo en nuestro texto en Mateo 16 apelaba a los instintos comerciales astutos de esos comerciantes galileos. La pregunta es: ¿cambiaría yo mi alma por el mundo? Después del himno, volveremos a considerar esta pregunta para nosotros mismos puesto que mucha gente de la actualidad ya han contratado un arreglo imprudente para vender sus propias almas por un pedacito de la materia:

Otra vez, la pregunta implicada por Cristo en Mateo 16:26 es, ¿cambiaría yo mi alma por el mundo? Para contestar esta pregunta, hay que entender qué es «mi alma.» En la bíblia, la palabra tiene ligeras diferencias del significado en varios contextos. Básicamente, el alma es «esa parte inmaterial e incorpóreo del hombre que sierve como la sede de la voluntad, de los sentimientos, y del razonamiento.» En fín, el cuerpo es la casa del alma, pero no es el alma. El alma es espiritual. Somos creados a la imagen de Dios quien es espíritu (Génesis 1:27 y Juan 4:24). Por eso, a la raiz somos criaturas espirituales. Escencialmente, mi alma es mi propio yo. En el texto paralelo en Lucas 9:25, Cristo formula la pregunta de manera siguiente: «Pues, ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo.» El alma piensa, pero no es el pensamiento. El alma siente, pero no es el sentimiento. Y el alma vive por siempre en un lugar u otro. Si vive en el cielo, es la ganancia. Si vive en el infierno, es la perdición. En ese segundo sentido se puede decir que uno que va al infierno pierde a sí mismo. Entonces, estamos hablando de su propio yo—lo que hace que Ud. sea Ud. y ningún otro. Ud. va a seguir conscientemente en un destino u otro.

¿De cuánto valor es mi alma? Bueno, vale más del cuerpo. Cristo exhortó en Mateo 10:28, «Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.» El alma vale más que el cuerpo. 2 Corintios 4:16 nos consuela, «por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.» El alma es una posesión divina. Eclesiastés 12:7 dice, «y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.» En fín, ¡el alma vale más que todo el mundo con todos sus riquezas!

Pero, ¿cuánta importancia da Ud. a su propia alma? Hay un dicho que dice que «si la auto-justicia hirió a sus miles, entonces la auto-negligencia hirió a sus diez miles.» Claro que decimios con nuestras bocas que nuestra alma es sin precio. Pero, ¿muestran nuestras acciones más amor para el mundo que para Dios? Un cristiano anciano una vez le preguntó a un joven, «¿cuáles son sus planes al graduarse del colegio?» Respondió el joven, «bueno, pienso comenzar un negocio y ganar bastante dinero.» El anciano preguntó, «¿entonces, qué?» «Bueno,» dijo el joven, «pienso casarme y tener una familia grande.» «¿Entonces, qué?» dijo el anciano. «Bueno, quiero enriquecerme e involucrarme en la política.» «¿Entonces, qué?» fue la pregunta del anciano. «Pues, ¡supongo que me envejezca y muera!» Respondió el viejo otra vez más, «¿entonces, qué?» Hubo silencio. El joven no había planeado su vida con bastante antelación. Pascal dijo, «todos los cuerpos celestiales, las estrellas, el firmamento, la tierra y todos sus reinos no tienen el valor de ningún alma; porque el alma conoce ambos sí mismo y ellos, y ellos no conocen nada en absoluto.» (Escriba a: La Verdad Para el Mundo, Apartado 515, Villa Rica, Georgia, 30180 EE.UU.; repito, Apartado 515, Villa Rica, Georgia, 30180.)

Cristo preguntó en Mateo 16:26, «¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?» La pregunta para Ud. es, ¿cambiaría Ud. su alma por el mundo? Para contestar, hay que entender también qué es «el mundo.» En la bíblia, se usa esta palabra en varios sentidos también. Tenemos una definición negativa, más o menos, en 1 Juan 2:15-17. Dice el texto: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» El mundo consta de tres elementos, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida. Muchos prosigan a los deseos de la carne y viven de acuerdo con el principio del placer. Es sencillo, si algo les da placer, tiene que ser «bueno.» Si algo les es desagradable, tiene que ser «malo». Pero, el placer es algo que por fin no puede satisfacer y darnos el gozo duradero. Hubo cierto emperador romano que había tocado toda la gama de los placeres carnales en su vida y ofreció un premio amplio para cualquiera que pudiera descubrir algún placer nuevo. «Los deseos de los ojos» se refiere al amor de las riquezas. Pero, en vez de ser la fuente de nuestra felicidad, las riquezas se convierten en cuidados y aflicciones del ánimo. El apóstol escribió, «porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores» (1 Timoteo 6:10). Y «la vanagloria de la vida» se refiere al honor y al poder terrenal. Tampoco pueden traer la felicidad tales cosas. Alejandro Magno lloraba al conquistar al mundo, ¡porque no había otro territorio para invadir! Las arenas del desierto se llenan con los escombros de los palacios de los reyes por largo tiempo olvidados. La leyenda del rey Ninus dice, «yo que llevaba la corona ahora soy una pila de polvo!»

Entonces, si hago cambio de mi alma por el mundo, gano algo que no satisface, algo que no tiene la significancia final, y algo que no permanece. Todo aquí es temporal. La reina de Inglaterra, Elizabét, clamó muriendo, «¡millones de dinero por una pulgada de tiempo!» ¿Qué daría Ud. en cambio por su alma? Eclesiastes 12:13,14 nos amonesta, «El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.» Ud. puede guardar su alma mientras el mundo pasa al olvido si cree en Cristo y obedece su evangelio, arrepentiendo de sus pecados, confesando a Cristo, y siendo inmersionado en agua para perdón de sus pecados. Gracias, ¡y hasta la próxima!

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