«1 Tesalonicenses 2:13-20 (No.3)»

Por Phillip Gray

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En otra lección, estudiamos 1 Tesalonicenses 2:1-12, un trozo del segundo capítulo que titulamos, «las señas de un ministro legítimo.» Ahora, seguimos en este capítulo, comenzando con el versículo 13 hasta el fin. Esta parte se puede describir como «las muestras de un oyente sincero.» Para resumir, los primeros 12 versículos de 1 Tesalonicenses 2 enseñaron que se puede conocer a un ministro y su ministerio legítimo por su denuedo, por ser centrado en Dios y no en la humanidad, por su ternura, por su trabajo diligente, por su buen ejemplo, por su equilibrio en el tratamiento de diversos temas y necesidades, y por su meta o fin. Esa meta fue que sus oyentes anduviesen «como es digno de Dios» (versículo 12). Entonces, sigue el apóstol en 1 Tesalonicenses 2:13 en adelante escribiendo: «por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.» La pregunta que queda ahora es, ¿cómo conocer a un oyente sincero? En la experiencia de muchos predicadores del evangelio, se encuentran distintas clases de oyentes. Hay algunos que oyen sólo por la diversión del momento—no tienen otra cosa que hacer. Otros oyen para atrapar al predicador por sus propias palabras. No son sinceros, sino polémicos. Otros oyen con la apatía, y otros oyen con el enojo. De hecho, existe un montón de distintos motivos por los cuales la gente oye la predicación, o aun por los cuales sintoniza los programas radiales como el presente. Pero, de ese número, casi siempre hay algunos que oyen en sinceridad y en verdad. ¿Cómo decidir quíenes son? ¿Cómo decidir si tu eres uno de ellos? Bueno, nuestro texto de 1 Tesalonicenses 2:13-20 describa las muestras del oyente sincero.

Pablo dice que, primero, un oyente sincero oye el evangelio con reverencia y respeto. Los tesalonicenses habían recibido la palabra predicada por Pablo y sus compañeros de viaje «no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios.» Hechos 17:2-3 demuestra qué tipo de sermon el apostól Pablo predicaba mientras estaba en Tesalónica. Dice el narrativo, «y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras, que era necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, a quien yo os anuncio, decía él, es el Cristo.» Entonces, la enseñanza fue dada en forma de un debate con los opositores. Mostraba Pablo que las Escrituras habían predicho que el Cristo, el Mesías por mucho tiempo esperado, había de padecer y de ser resucitado de los muertos. Además, apelaba a los hechos históricos relacionados con el sufrimiento y la resurrección de Jesús de Nazaret. Jesús es el cumplimiento de las Escrituras. Por lo tanto, es el Cristo, el Salvador. Las lecciones de Pablo fueron recibidas como la Palabra de Dios porque fueron llenas de las Escrituras. Eso indica que Pablo creía que las Escrituras son la Palabra de Dios.

Además, los Tesalonicenses recibieron la palabra de Pablo, «no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios», porque se daban cuenta que Pablo mismo no hablaba como mero hombre. Hablaba mediante el poder milagroso de Dios. Fue la costumbre del apóstol mostrar su sabiduría divina por hacer algunos milagros visibles en público. Por ejemplo, escribe en 1 Corintios 2:4 que cuando evangelizaba entre ellos la primera vez, «y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder.» Esas demostraciones del Espíritu y de poder involucraban los actos sobrenaturales que nadie puede hacer sin la ayuda de Dios. Los milagros fueron evidencias de que Pablo enseñaba con la sabiduría divina. Por eso, sus predicaciones y sus escritos son inspirados por Dios. Pablo mismo hace comentario de ese fenómeno en 2 Timoteo 3:16,17: «toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.» El apóstol Pedro testificó que las enseñanzas de Pablo, sobre todo sus escritos, constituyeron las Escrituras. Dijo, «y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición» (2 Pedro 3:15,16). Por lo tanto, aun los escritos de Pablo constituyeron «las Escrituras». Los Tesalonicenses supieron que Pablo no enseñaba de su propia cuenta sino de Dios. Por lo tanto, recibieron la Palabra con reverencia.

Hoy día, hay poca reverencia para la Palabra de Dios en las enseñanzas apostólicas. Muchos eruditos se burlan de la bíblia, igual que los comunistas menos instruídos hasta maleducados. Aun entre las iglesias protestantes, un gran número de sus ministros que se graduan de sus seminarios teológicos tienen poco respeto para la bíblia. Alegan que consta de varios mitos fantásticos y leyendas antigüas. Por lo tanto, se ponen a sí mismos por encima de la autoridad de la bíblia. Los católicos romanos tienen un problema semejante. Creen que la jerarquía eclesiástica y sus propias tradiciones son más altas que la palabra escrita en la bíblia. Además, muchas veces se atreven a criticar la bíblia y a burlarse de sus enseñanzas. Falta la reverencia hoy día para la palabra de Dios. No obstante, un oyente sincero del evangelio tendrá mucha reverencia al oir leído y expuesto la bíblia, como los Tesalonicenses de 1 Tesalonicenses 2:13. (Escriba a: La Verdad Para el Mundo, Apartado 515, Villa Rica, Georgia, 30180 EE.UU.; Apartado 515, Villa Rica, Georgia, 30180.)

Segundo, de acuerdo con nuestro texto, el oyente sincero es la persona que está dispuesta a seguir la palabra. Escribe el apóstol, «porque vosotros, hermanos, vinisteis a ser imitadores de las iglesias de Dios en Cristo Jesús que están en Judea….» No basta solamente oir. Santiago 1:22 nos amonesta, «pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.» Los Tesalonicenses estuvieron dispuestos a seguir a todo costo, incluso al punto de padecer por el nombre de Cristo. Sigue escribiendo, «pues habéis padecido de los de vuestra propia nación las mismas cosas que ellas padecieron de los judíos, los cuales mataron al Señor Jesús y a sus propios profetas, y a nosotros nos expulsaron; y no agradan a Dios, y se oponen a todos los hombres, impidiédonos hablar a los gentiles para que éstos se salven; así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo» (1 Tesalonicenses 2:14-16). A propósito, algunos pensadores izquierdistas han alegado que ese pasaje es una muestra del «antisemitismo» del Nuevo Testamento, como opinan ellos. Pero, ¡qué alegato más ridículo! Pablo sí mismo era judío. La bíblia nunca es antisemítico como tal. Sólo destaca en toda su horrenda naturaleza el crimen de algunos judíos de haber crucificado a su prójimo judío y Salvador, Jesucristo. Los cristianos del primer siglo que siguieron a Cristo tuvieron que sufrir muchas veces las persecuciones de los judíos fanáticos e intolerantes, igual que hoy día a veces tenemos que padecer el mismo tipo de fanaticismo de parte de muchos enemigos del cristianismo. Sin embargo, un oyente sincero estará dispuesto a seguir a pesar de los riesgos y el sufrimiento cierto.

Tercero, no solo oye con reverencia y con la disposición para seguir, el oyente sincero quederá fiel a la palabra. 1 Tesalonicenses 2:17-20 dice, «Pero nosotros, hermanos, separados de vosotros por un poco de tiempo, de vista pero no de corazón, tanto más procuramos con mucho deseo a ver vuestro rostro; por lo cual quisimos ir a vosotros, yo Pablo ciertamente una y otra vez; pero Satanás nos estorbó. Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo.» Así es que esos oyentes le fueron fieles aun en su ausencia, y así lo son hoy día. ¿Y tú, estimado oyente? ¿Eres oyente sincero? Si lo eres, entonces cree en Cristo, arrepiéntate de tus pecados, confiesa su nombre, y se bautizado. Gracias, y hasta la próxima.